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Los fantasmas del pasado

PUBLICADO O 26 DE DECEMBRO DE 2017 · (0)



PEPE CASTRO · PERIODISTA


Hace meses que se percibe un hartazgo del problema catalán y nada voy añadir a las informaciones, reflexiones y comentarios vertidos por decenas de analistas después de tantos acontecimientos y a falta de los resultados de las elecciones –escribo esta colaboración a finales de noviembre– del 21 de diciembre. Pero como ciudadano gallego de a pie me salen del alma algunas reflexiones impregnadas de tristeza y preocupación.

Me facilita la primera Enrique Krauce, escritor y director de la revista Letras Libres, que en 2015 escribía: “a pesar de los muchos errores y desmesuras, es mucho lo que España ha hecho bien: después de la Guerra Civil y la dictadura, y en el marco de la reconciliación y tolerancia, conquistó la democracia, construyó un Estado de derecho, un régimen parlamentario, una admirable cultura cívica, una considerable modernidad económica y amplias libertades sociales. Y doblegó al terrorismo”.

Podría citar a decenas se escritores, autóctonos o foráneos, elogiosos con la España de la Transición que acometió transformaciones de enorme calado y, en palabras de un protagonista como Felipe González, alumbró “el período más extenso de convivencia en libertad, de modernización y desarrollo político, económico y social más brillante de su historia”. Ahora mismo, después de una crisis tan espantosa, España camina razonablemente bien.  

Segunda reflexión. ¿Qué ha ocurrido para que reaparezca el fantasma de las dos Españas de Machado, con el ambiente cargado de crispación, de odio e intolerancia? Decía José Luis de Vilallonga que  los iberos decidimos periódicamente ajustarnos las cuentas, tal como dejó inmortalizado Francisco de Goya en el “Duelo a garrotazos”, una pintura en la que dos españoles dirimen sus diferencias en una pelea descarnada que llevará a uno de los dos a la muerte.

Años después, el político prusiano Otto von Bismarck dijo que “la nación más fuerte del mundo es, sin duda, España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo volverá a ser la vanguardia del mundo”. 

Así seguimos. Después de 40 años de estabilidad y progreso reaparece el particularismo atávico de los nacionalismos, con el catalán como primer protagonista, que despedaza moral y anímicamente a la sociedad catalana y del resto de España, y mete a todo el país una crisis política inconmensurable que amenaza seriamente la estabilidad de la economía y de la sociedad. Es el eterno retorno a la autodestrucción de la que hablaba el político prusiano.

A estas alturas parece inútil pedir a nacionalistas, populistas y algunos otros políticos que piensen en Cataluña y en España o que acepten el consejo de Ricardo Cayuela, escritor y editor, y biznieto de Lluis Companys, que desde México envía este mensaje a los políticos y ciudadanos españoles: “No tiren en un día todo lo que ganaron en 40 años de convivencia y prosperidad”.

“Espero que España no delire como tantas veces a lo largo de la historia, pues ya sabemos cómo acaban esos desatinos”, escribía hace año y medio César Antonio Molina en un artículo luminoso. Pues todo indica que en España seguimos delirando. Parafraseando al catedrático Juan Francisco Fuentes, la izquierda más proclive al independentismo –en Cataluña de forma explícita y en el País Vasco y Galicia esperando su turno– quiere darse el gustazo de acabar con el “régimen del 78”.  Contaba también el ex ministro de Cultura que un amigo le dijo en París que nunca había visto suicidarse a un país con tanta alegría. En esas estamos en España.



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