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Ataúlfo Argenta, pianista en Galicia

PUBLICADO O 16 DE FEBREIRO DE 2018 · (0)



JUAN SOTO · PERIODISTA


Parece unánime la opinión de que el nombre de Ataúlfo Argenta ocupa la cima del escalafón de los directores de orquesta que España ha dado al mundo, y en el que es justo incluir nombres a los que, pese su valía, se les regatea el reconocimiento y hasta las menciones a pie de página: Pérez Casas, Arbós,Toldrá, Arámbarri, Frübeck, los Halffter, Odón Alonso, Ros Marbá, García Asensio y tantos otros, incluyendo en el cupo a algún que otro gallego, como el coruñés Luis Izquierdo o el compostelano Maximino Zumalave.

Pues bien, el caso es que acaban de cumplirse sesenta años del fallecimiento de Argenta, y aficionado como es uno a las efemérides redondas, y no estando desahuciado todavía del refugio de la memoria –que es una de las potencias del alma, según aprendimos en el Astete– trató de hallar en los periódicos –al menos en las renombradas cabeceras de Madrid y Barcelona, es decir, abecés, países, vanguardias y otros papeles ilustres– un recordatorio (¡qué menos que un recordatorio!) al extraordinario director de Castro Urdiales.

De Argenta se ha publicado recientemente una biografía, apoyada en irrebatibles pilares documentales, fundamentalmente de orden epistolar. Su autora es Ana Arámbarri, nieta del maestro Arámbarri, tantas veces huésped de Galicia con su Orquesta Municipal de Bilbao, para la que adaptó –y estrenó en Lugo, en uno de los primeros concierto de la benemérita Sociedad Filarmónica– la Negra Sombra de Montes. El conjunto bilbaíno, y con él el maestro Arámbarri, fue visita obligada en las temporadas musicales de Galicia de los años cuarenta y cincuenta. Las sociedades filarmónicas de A Coruña, Vigo y Lugo le otorgaron carta de imprescindible en sus respectivas temporadas, siempre con programas de gran interés y, en ocasiones, con la colaboración de solistas de primera categoría.

El de Argenta y Galicia es capítulo que da para bastante y va mucho más lejos que la larga y fiel amistad entre el maestro y Antonio Fernández Cid, que tantas lecciones musicales impartió desde las páginas de nuestro ABC. Una de las escasas incursiones de Argenta en el terreno de la composición se debe precisamente a Fernández Cid: en su homenaje puso música al poema de don Ramón Cabanillas “A filla do Rei”. El dato es bien sabido, porque el ciclo de las “Doce canciones gallegas” –luego ampliado con otras veintidós– dedicadas al crítico ourensano está editado y reeditado, la última vez, creemos, por la Diputación de Ourense. A decir verdad, la bienintencionada ampliación de las “Doce canciones gallegas” peca un poco de provincianismo, porque limita la novedad a partituras inspiradas exclusivamente en poetas de nación ourensana.

Quedamos, pues, en que la amistad entre Argenta y Fernández Cid está requetesabida y documentada de sobra. En cambio, muy raramente se recuerda, por ejemplo, que Argenta fue pianista, bien que ocasional, en el balneario de Mondariz. Tocando para los ilustres agüistas del Gran Hotel le pilló la guerra civil. Verano de 1936. Aguantó hasta mediados de agosto. En cuanto pudo, salió pitando para Santiago de Compostela y allí también se contrató de pianista, por cuatro días y cuatro perras, en el desaparecido café Alfonso.



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