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El sur busca su norte

PUBLICADO O 21 DE FEBREIRO DE 2018 · (0)



FUNDACIóN GALICIA EUROPA · ANA ÁLVAREZ SOTO


El Grupo de Países del Sur de Europa nació en diciembre de 2013 en Bruselas, cuando los ministros de exteriores de Chipre, España, Francia, Grecia, Italia, Malta y Portugal se reunieron en un foro informal para intercambiar puntos de vista sobre asuntos relativos al proceso de integración europea. En aquel momento la situación de estos estados era preocupante. El crecimiento económico se situaba en valores negativos (excepto en Francia, que alcanzaba un insuficiente 0,3 %) y la mayoría de ellos contaban con memorandos en vigor o estaban al borde del rescate. Sus cifras de desempleo eran muy elevadas y la política interior de todos ellos presentaba una gran inestabilidad, marcada -salvo en Portugal- por el auge de populismos de izquierda o derecha muy críticos con la UE. Su influencia diplomática, además, se veía claramente erosionada, incluida la de París.

Quizás por todo ello el Grupo nació con un perfil deliberadamente bajo. Entre 2013 y 2016 sólo se celebraron tres encuentros ministeriales y los estados miembros todavía no mostraban un gran compromiso con esta iniciativa. Esto último se hacía muy evidente en el caso de España, que en un momento extremadamente delicado prefirió no verse asociado a los países más vulnerables de la Eurozona y priorizar, en cambio, su buena relación con la canciller Angela Merkel.

Sin embargo, en el último año y medio el Grupo se ha consolidado con gran rapidez, despejando las dudas de Madrid y llamando la atención de los observadores. Y es que el potencial de esta Alianza es enorme: unidos alcanzan el 38,53 % de la población de la UE, y el mínimo para el bloqueo en el Consejo es del 35 %. Por ello no es extraño que, una vez ha comenzado a mejorar su frágil situación económica, los miembros hayan decidido aprovechar esta plataforma como un modo de aumentar su influencia. Lo que antaño fueron reuniones ministeriales se han convertido en cumbres –cuatro desde septiembre de 2016– que cuentan con la presencia de los máximos mandatarios de los siete estados. La última se celebró en Roma el pasado 10 de enero. 

Pero el potencial de este Grupo va más allá de una simple cuestión de aritmética. En este último año hemos podido observar como la desconfianza en el proyecto europeo aumenta en el interior de los estados que conforman la Unión. No se trata sólo de la traumática aprobación del Brexit o del aumento de las tensiones políticas con países como Polonia y Hungría, sino también de la fortaleza electoral de partidos euroescépticos o directamente antieuropeos, algunos de los cuales han alcanzado un importante poder institucional en sus países. Con el sur en plena recuperación económica y el este llevando a cabo políticas antiliberales, el tradicional eje norte-sur puede estar desplazándose hacia una división este-oeste.

En este contexto político, el europeísmo que los países del Sur continúan exhibiendo, a pesar de haber sido profundamente golpeados por la crisis de 2008 y por las políticas de austeridad, es un valor nada desdeñable para aquellos que apuestan por una mayor integración europea.

En suma, el Grupo de Países del Sur podría ser una herramienta decisiva para aumentar la influencia diplomática de la Europa meridional, para hacer oír su voz con más fuerza en cuestiones como las relativas a migraciones, políticas de asilo y fronteras exteriores e incluso para moldear decisivamente el debate sobre el futuro de Europa. La agenda de la reciente cumbre de Roma, que incluía propuestas sobre la Unión Bancaria y debates sobre el marco financiero plurianual de la Europa post-2020, sobre las listas transnacionales al Parlamento Europeo o sobre los denominados bienes públicos europeos, es una prueba inequívoca de que el Sur de Europa empieza a tomarse en serio su poder y su influencia.



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