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La batalla continúa

PUBLICADO O 23 DE MARZO DE 2018 · (0)



ERNESTO S. POMBO · PERIODISTA


¿Cuántos años llevamos diciendo que tenemos una asignatura pendiente con la presencia de mujer en el mercado laboral? ¿Cuánto tiempo hablando de una brecha salarial que no damos erradicado? ¿Y de la precariedad laboral, que es incluso superior a las de los hombres? ¿Cuánto hace que decimos que la presencia de la mujer en los puestos de responsabilidad empresarial es irrisoria? ¿Por qué ocurre esto en España que encabeza la lista de 30 países donde se cree que las trabajadoras son las más capacitadas para dirigir áreas de responsabilidad como piensa el 56,5 %, lejos de la media internacional situada 16,5 puntos porcentuales por debajo? ¿Y a qué se debe su menor presencia en las empresas públicas o en las Administraciones, salvando la autonómica gallega que presenta unos índices muy loables? ¿De qué nos sirven las denuncias, las campañas, los decretos, las buenas intenciones y los actos de contrición que periódicamente realizamos?

Pues por nosotros que no quede. Volvemos sobre el asunto y volveremos tantas veces sea necesario hasta que la igualdad sea un hecho, aunque a este paso tenemos el convencimiento de que no se producirá antes de que haya transcurrido un siglo. Y aun así… Porque la presencia de la mujer en el mundo laboral no avanza de acuerdo con la evolución social, política y profesional de este mundo que nos ha tocado por suerte. Las estadísticas nos dicen que desde el primer trabajador hasta el último empresario o cargo público están por la labor, pero esas buenas intenciones no se traducen en hechos.

ECO aborda nuevamente en este número el papel de la mujer en el trabajo. Y el informe nos deja datos de gran interés para el debate y la reflexión; por ejemplo que las titulaciones universitarias de mujeres en Galicia duplican prácticamente a las de los hombres (60 % frente al 37 %). O que las notas medias, tanto en grados como en másters son superiores, por poner dos ejemplos significativos que no se reflejan en el mundo del trabajo. 2016 ha registrado el mayor volumen de trabajadoras con educación universitaria de la historia en España, superando por primera vez la barrera de los cuatro millones.

Y, pese a todo, el problema persiste. Según el último informe elaborado por los Técnicos de Hacienda, las mujeres gallegas cobran un 28,7 % menos que los hombres; o lo que es lo mismo, pierden casi un tercio del salario. Y no es la nuestra de las peores comunidades porque el abanico va desde el 37,8 % de Asturias o el 37 % de la Comunidad de Madrid al 16 % de Canarias –la que mejor salva la situación–, aunque todas oscilan en torno al 30 %. Quizás la mejor explicación a esta desigualdad la dio la concejala popular de Córdoba, María Jesús Botella, hermana de aquella recordada alcaldesa de Madrid, alegando que la brecha salarial se debe a la falta de preparación y formación de la mujer. Otra filósofa desaprovechada.

Pero hay más. Las mujeres con cargos de responsabilidad, en Galicia ocupan tres de cada diez puestos directivos, ganan un 10 % menos que los hombres y los sectores con mayor diferencia salarial son Transporte & Logística (-28 %), Banca (-26 %), Finanzas (-22 %), e Ingeniería (-14 %), sectores algunos de ellos de perfil vanguardista.

La excusa de que un gran número de mujeres no puede incorporarse al mercado en igualdad de condiciones que los hombres y ejercer puestos de responsabilidad debido a la imposibilidad de compaginar su vida familiar con horarios dilatados, viajes…, no deja de ser eso, una disculpa que choca abiertamente con el dato de que el tiempo que las mujeres dedican a trabajos sin remuneración casi duplica al de los hombres –26,5 horas a la semana frente a las 14 de ellos– y ese tiempo lo emplean en cuidar a hijos o familiares, tareas domésticas, cursos y colaboraciones sin sueldo. 

Las denuncias y debates permanentes sobre la desigualdad no han servido para avanzar al ritmo deseado. Cierto es que se han dado pasos importantes, pero absolutamente insuficientes y se hace imprescindible mantener el pulso vivo hasta acabar con el problema que se antoja ya irresoluble. Porque aun hoy, que tan modernos nos consideramos, hay quien piensa que a la mujer se la coloca en el lugar que le corresponde nombrándola portavoza. 



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