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El espejo de la desigualdad se ceba con Galicia

PUBLICADO O 31 DE MAIO DE 2018 · (0)



MARíA CADAVAL · PROFESORA DE ECONOMíA APLICADA DA USC


Hasta hace una década, la sociedad europea occidental podía presumir de ser una de las más avanzadas del mundo en la consecución de una amplia clase media que ahora tiene perdida y que tardará tiempo en recuperar. Ha vuelto de nuevo al escenario en el que los ricos son cada vez más ricos y abundan los pobres cada vez más pobres, sean parados, pensionistas o trabajadores en precario. Y, si bien es cierto que "no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan" (Tolstoi, Anna Karenina), no es menos cierto que la desigualdad es corrosiva y acaba rompiendo a la sociedad desde dentro.

Desde hace un lustro, los indicadores macroeconómicos españoles revelan recuperación y un crecimiento relativamente rápido. Sin embargo, esta progresión no es robusta ni mucho menos inclusiva. La amarga ironía de la realidad esboza un mercado laboral enfermo, con un elevado paro estructural, junto a un modelo productivo que se ha alejado de la productividad real y la I+D+i para la construcción de una sólida estructura industrial. En su lugar, predominan las pequeñas empresas y el despunte con brío del sector servicios por encima de todos los demás. Esta situación tiene como telón de fondo un retrato salarial poco halagüeño, aunque algo mejor que el de 2015, donde el 10 % de los trabajadores recibe una retribución media 9,3 veces mayor que los 480 euros que perciben los que se sitúan en el decil más bajo. Con todo, los matices son importantes. Los sueldos más altos se pagan en Madrid, País Vasco, Navarra y Cataluña –que basculan entre los 1930 y los 1725 euros–, mientras en el otro extremo están Canarias, Extremadura, Murcia y Galicia, donde se ganan 600 euros menos al mes. Y esto tiene una explicación. Si las altas tasas de desempleo y los empleos mal remunerados han alimentado la brecha de la desigualdad, las características del tejido productivo y la dimensión de las empresas predominantes pueden dejar ver las diferencias interregionales. Sectorialmente, la retribución media en la industria es de casi 300 euros superior a la de cualquier otro y esa diferencia se hace mayor progresivamente según el tamaño de la empresa. Las sociedades más grandes pagan 2000 euros mensuales, mientras, las pymes no alcanzan los 1400 euros. Se produce así una brecha salarial por tamaño a la que hay que sumar la del sector.

Es fácil adivinar entonces por qué Galicia se encuentra entre la comunidades con salarios más precarios, a la cola de las remuneraciones en España –y, por supuesto, en Europa– que tiene su traducción directa en unas míseras pensiones. Falta un tejido industrial fuerte, cuyo espacio está ocupado por microempresas incapaces de responder con agilidad a los grandes retos del futuro y a un sector terciario poco profesionalizado que se ha hecho dueño del crecimiento.

Es evidente la necesidad de concentrar los esfuerzos públicos y privados en la consecución de unos objetivos muy concretos. Va siendo hora de hacer una apuesta valiente por los sectores productivos realmente eficientes y con un gran potencial de desarrollo, en detrimento de la lluvia fina de esfuerzos y recursos que han estado regando durante años a sectores improductivos o con poco recorrido. La apuesta ha de ser arriesgada, de largo plazo, sin perder la comba del crecimiento en la estrategia 4.0 y tratando de posicionarse lo mejor posible en los debates sobre financiación europea para el próximo período. Porque, nos guste o no, el futuro de Galicia también se juega en Europa.



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