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El pícaro que engañó a Franco

PUBLICADO O 28 DE SETEMBRO DE 2018 · (0)



PEPE CASTRO · PERIODISTA


Ignacio Martínez de Pisón cuenta en el libro “Filek, el estafador que engañó a Franco” (Seix Barral, abril 2018), la vida de Albert von Filek, un capitán del ejército austríaco que cuando se desintegró el imperio austro-húngaro y tuvo que dejar la milicia acabó en la delincuencia cometiendo fraudes que le llevaron a las cárceles de varios países, incluida España adonde llegó en 1931. 

El escritor aragonés reconstruye la vida de “un tipo persuasivo, buen actor y estafador a la antigua” en un excelente reportaje periodístico, “una novela sin ficción”, en el que,  además, dibuja un retrato real de la España de los años treinta y cuarenta del siglo pasado.

La singularidad de Filek radica en que supo ganarse la confianza del franquismo y acabada la guerra consiguió engañar a los jerarcas con su invento de la “gasolina sintética conseguida de una mezcla de agua del rio del Jarama, extractos vegetales e ingredientes secretos”. El régimen necesitaba petróleo y vio la gasolina de Filek como un milagro que la prensa de la época recibió con titulares como “un gran invento nacional” o “hacia la autarquía en materia de carburantes”.

Aquel personaje “mentiroso” y embaucador”, que tenía algún parecido con los pícaros creados por los autores del Siglo de Oro, fue detenido y encarcelado en 1941 cuando se descubrió que su gasolina mágica era un gran tocomocho sin base científica alguna y el franquismo, que no quería “exponerse más al ridículo”, se deshizo de él deportándolo a Alemania.

Crítica literaria aparte, que no es el objetivo de este comentario, del relato se concluye que el franquismo era fácilmente vulnerable y el libro de Martínez de Pisón es muy oportuno porque 43 años después Franco, “resucita” y recobra actualidad por la decisión del último Consejo de Ministros de agosto de exhumar su cadáver del Valle de los Caídos.

Salvo un grupo de nostálgicos de aquel régimen, nadie discute la necesidad de sacar de aquella Basílica los restos del dictador. Pero son muchos los españoles que discrepan de las prisas y formas utilizadas, que reabren viejas heridas y vuelven a dividir y crispar a los españoles. ¿Es tan urgente sacar el cadáver por decreto? ¿No sería más democrático y provechoso para el país buscar el consenso y convertir después ese recinto en un lugar de recuerdo de todas las víctimas de la guerra? 

Da la impresión que el Gobierno, como hizo Filek con Franco, quiere embaucar ahora a los españoles con un golpe de efecto que identifica la exhumación con “recuperar la dignidad de la democracia”, y aprovecha el fantasma del dictador para desviar la atención de sus debilidades parlamentarias, de sus ocurrencias y de sus muchas rectificaciones, y para neutralizar a Podemos y situar a PP y Ciudadanos en la derecha nostálgica.

Andrés Rábago “El Roto”, humorista satírico e intelectual nada sospechoso, publicó en julio una viñeta con un féretro en primer plano y la leyenda “Los restos de Franco no están en el Valle de los Caídos, están en las mentalidades”.  Los demócratas españoles hace tiempo que exhumaron de sus mentes los restos del dictador y a aquel régimen, y por las venas de España circuló “pureza de sangre democrática”, que sigue fluyendo ahora sin el desentierro de Franco.  

El Gobierno, al plantear la exhumación aprisa y corriendo, sin debate parlamentario, pierde una gran oportunidad de buscar, con elegancia democrática la concordia entre los españoles para cerrar definitivamente aquel episodio negro de la historia de España. Una pena.



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