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Resetear el futuro

PUBLICADO O 24 DE ABRIL DE 2020 · (0)



ERNESTO S. POMBO · PERIODISTA


Gran parte del arresto domiciliario que cumplimos, lo dedicamos a pensar en el futuro que nos aguarda. Qué variaciones va a sufrir la sociedad, en todos sus ámbitos; en qué vamos a cambiar individual y colectivamente. No deja de ser un ejercicio de futurología porque desconocemos lo fundamental que es saber por cuánto tiempo se prolongará esta situación de parálisis y qué deterioro va a dejar sobre nuestras vidas. Pero en una cuestión coincidimos todos, aun desconociendo la fecha en que superaremos la epidemia. Y es que nos vamos a enfrentar a un mundo nuevo que nada tendrá que ver con el que dejamos atrás. Con la amenaza de saber que el virus seguirá ahí, sigiloso y amenazante, por mucho tiempo. El prestigioso filósofo político británico John Gray se muestra convencido de que estamos ante un punto de inflexión histórico.

Los que llevamos media vida peleándonos con los dispositivos informáticos, hace tiempo que incorporamos a nuestro lenguaje habitual el término resetear. Que, procedente del inglés reset y pese a no haber sido incluido en el diccionario de la RAE, forma parte de nuestro lenguaje diario. Y cuando hablamos de resetear, hablamos de empezar de nuevo, de reiniciar una nueva fase.

Y eso es lo que debemos hacer. Resetear nuestro futuro. Porque vamos a vivir en un escenario nunca imaginado y que en su mayoría deberemos de crear desde la nada. Tendemos a creer que el día en que recuperemos la normalidad perdida, que está aún lejano, regresaremos a las horas previas al primer encierro. Y este error está generalizado, sin duda porque necesitamos, en esta situación de desesperanza y tragedia en la que vivimos, pensar en positivo. El presidente Pedro Sánchez habló en reiteradas ocasiones de una “marcha lenta hacia la nueva normalidad”, pero la nueva normalidad, todos lo damos por descartado, nada tendrá que ver con la dejada atrás.

La primera gran estampa de que esa transformación es una realidad la encontraremos nada más volver a pisar la calle. Nos vamos a tropezar con un escenario urbano inédito. Completamente desconocido; marcado por un significativo descenso de establecimientos comerciales abiertos y en el que los grandes animadores, los centros neurálgicos de la vida social, que eran los negocios hosteleros, permanecerán cerrados. Las previsiones indican que hasta un cuarenta por ciento de los existentes no soportarán la crisis y se verán abocados al cierre. Nos encontraremos también con ciudadanos caminando cabizbajo y con la desconfianza de aproximarse a amigos y familiares. Obsesionados por mantener la mal llamada distancia social. Y nos encontraremos, en fin, con unos comportamientos sorprendentes producto del miedo, la ansiedad y el estrés por el largo encierro.

Pero eso no es más que el principio. Nadie duda que habrá un nuevo modelo empresarial y laboral que conllevará nuevos hábitos de vida y hasta de consumo. El cierre de centros de producción con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo y la debilidad con la que van a moverse los que logren sobrevivir, serán uno de los escollos a los que habremos de enfrentarnos. Aun desconociendo las ayudas que el sector empresarial y laboral puedan recibir, no es aventurado hablar de que de aquí en adelante la ya maltrecha economía productiva sufrirá lo indecible para mantener un ritmo que nada tendrá que ver con el anterior. Y este va a ser, precisamente, el pilar central de ese nuevo mundo.

Un mundo en el que esos cambios en los hábitos de consumo, también en la alimentación, nos llevarán a una forma diferente de valorar el día a día. Apostaremos por blindar nuestro entorno apoyando los servicios sociales, la sanidad y la educación. Seremos más independientes y trataremos de depender de nosotros mismos. Y aceleraremos algunos de los cambios que ya se estaban produciendo, como puede ser el del teletrabajo.

En líneas generales es lo que sabemos a ciencia cierta que heredaremos de esta gran crisis sanitaria. Porque el cambio de época, como pronosticó Henry Kissinger resulta inevitable. Grandes pensadores vaticinan el fin de la globalización, reducción de desplazamientos y recorte de libertades. Puede que también. Pero no todo lo que se nos avecina ha de ser negativo. Numerosos especialistas y estudiosos presagian un tiempo más comprensivo, más altruista, más sensible a los problemas de los demás, en el que seremos más capaces de comprender que la diversidad racial, étnica o nacional es una riqueza, no una amenaza.

La historia no nos ha dejado una situación como la que vivimos. Paramos el mundo. Y eso nos obliga a replantear nuestras vidas. A resetear el futuro. Eso sí, con la esperanza que, al igual que ocurre con los dispositivos informáticos, acertemos al diseñar esa nueva era.



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